Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños, abrazarle sobre sus hombros y acercarme a su cara, que sonreía sin sorpresa, convencido (como yo) de que un encuentro casual era lo menos casual de nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico.
| Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños... |
Pero lo que él no sabía todavía es que incluso yo, cuando pierdo el eje y la pista de mi mundo uso papel rayado; busco en medio mi propio caos algo de orden, abro el cajón y sólo me sale llorar por los sitios a donde van a parar las pelusas, y yo como ellas me acurruco y permanezco quieta. Porque él se convirtió en mi eje, y volví a cruzar las aceras y subir los peldaños... Pero no hubo hombros a los que abrazar.
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