domingo, 9 de enero de 2011

Tanto y tanto gusto.

Cuando la gente habla de "moral" o de "inmoral" el 80% de las veces (y seguro que me quedo corto) el sermón trata de sexo, tanto que la gente se cree que la moral trata de juzgar lo que la gente hace con sus genitales. En el sexo no hay nada más inmoral que la comida o los paseos por el campo; claro que alguien puede comportarse inmoralmente en el sexo (usándolo para hacer daño a alguien) lo mismo que hay quien se come el bocadillo del vecino o aprovecha sus paseos para planear atentados. Y como la relación sexual puede llegar a establecer vínculos muy poderosos y complicaciones afectivas muy delicadas, es lógico que se consideren especialmente los miramientos debidos a los semejantes en tales casos. Pero por lo demás ya te digo rotundamente que lo que hace disfrutar a dos y no hace daño a ninguno no tiene nada de malo. El que de verás está "malo" es quién cree que es malo disfrutar. No es que tengamos un cuerpo, es que somos un cuerpo sin cuya satisfacción y bienestar no hay buena vida que valga. El que se avergüenza de sus capacidades gozosas de su cuerpo es tan bobo como el que se avergüenza de haberse aprendido la tabla de multiplicar.

Una de las funciones individualmente importantes del sexo es la procreación, pero la experiencia sexual no puede limitarse a esta función. Es paradójico que sean los que ven algo de "malo" o "turbio" en el sexo quienes dicen que dedicarse con demasiado entusiasmo a él animaliza al hombre. La verdad es que son precisamente los animales quienes utilizan el sexo para procrear, lo mismo que utilizan la comida para alimentarse o el ejercicio para cuidar la salud; por eso los humanos hemos inventado el erotismo, la gastronomía y el atletismo. El sexo es un mecanismo de procreación igual para los hombres que para los ciervos o los besugos, pero en los hombres produce muchos efectos; la poesía lírica o la institución matrimonial que ni los ciervos ni los besugos conocen. Cuanto más se separa el sexo de la procreación menos animal y más humano resulta.
Lo que hace que exista esta obsesión sobre la inmoralidad sexual no es más ni menos que uno de los temores más antiguos del hombre: el miedo al placer. ¿Por qué asusta el placer? Porque nos gusta demasiado. A lo largo de los siglos los hombres se han empeñado en evitar que los miembros de sus sociedades se aficionasen a darle marcha al cuerpo olvidando todas sus responsabilidades. La verdad es que uno no se siente tan contento con la vida y sus responsabilidades como cuando goza. El placer nos distrae a veces más de la cuenta, por eso los placeres se han visto acotados por tabúes y restricciones, permitiéndolos sólo en ciertas fechas.
Por otro lado están lo que sólo disfrutan no dejando disfrutar; tienen tanto miedo al placer que les resulta irresistible, se angustian tanto pensando lo que les puede pasar si un día le dan gusto al cuerpo que se convierten en calumniadores profesionales del placer (puritanos). Que si el sexo esto, que si la comida o bebida aquello, que si el juego tal, que si basta de tantas risas... Ni caso. Todo puede llegar a sentar mal o servir para el mal, pero nada es malo sólo por el hecho de que dé gusto hacerlo. El puritano defiende la idea de que para saber si algo es bueno es porque no nos gusta hacerlo. Sostiene que siempre tiene más mérito sufrir que gozar. Y lo peor de todo, el puritano cree que cuando uno vive bien lo tiene que pasar mal y que cuando uno lo pasa mal es porque vive bien. Por supuesto los puritanos se consideran las personas más morales del mundo y guardianes de la moralidad de sus vecinos. No quiero ser exagerado, pero yo te diría que es más decente y moral el sinvergüenza corriente que el puritano oficial.
Nunca me oirás una palabra contra el placer y por supuesto no me avergonzaré ni un poquito de disfrutar del placer que me brinda mi cuerpo. Seguiré el consejo del maestro francés Michel de Montaigne: Hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos detrás de otros. De aquí quiero destacar dos cosas; que los años nos van quitando los gozos sin cesar, por lo que no es muy acertado esperar demasiado tiempo para empezar a disfrutar y lo bueno es usar los placeres, tener siempre cierto control sobre ellos, que no les permitas revolverse contra el resto de lo que forma tu existencia personal.


A veces decimos eso de "me muero de gusto" y por eso los franceses llaman al orgasmo le petite morte; la muertecita. Es una muerte para vivir más y mejor, nos hace más sensibles, más dulces o más fuertemente apasionados.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario