Y así me había enamorado de la Maga, que era mi testigo y mi espía sin saberlo, íbamos por la orilla izquierda y la Maga sin saber que era mi espía y mi testigo, admirando enormemente mis conocimientos diversos, misterios enormísimos para ella. Y por todas esas cosas yo me sentía antagónicamente cerca de la Maga, nos queríamos en una dialéctica de imán y limadura, de ataque y defensa, de pelota y pared. Supongo que la Maga se hacía iluciones sobre mí, debía creer que estaba curado de prejuicios o que me estaba pasando a los suyos, siempre más livianos y poéticos.
No había un desorden que abriera puertas al rescate, había solamente suciedad y miseria, vasos con restos de cerveza, medias en un rincón, una cama que olía a sexo, una mujer que me pasaba su mano fina y transparente por los muslos. Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, una caída interminable en la inmovilidad.
La Maga no sabía que mis besos eran como ojos que empezaban a abrise más allá de ella, y que yo andaba como salido, volcado en otra figura del mundo. En esos días empecé a sentirme como acorralado entre la Maga y una noción diferente de lo que hubiera tenido que ocurrir. Era idiota sublevarse contra el mundo Maga cuando todo me decía que apenas recobrara la independencia dejaría de sentirme libre. Me molestaba un espionaje a la altura de mi piel y creo sobretodo me molestaba que la Maga no tuviera conciencia de ser mi testigo y que al contrario estuviera convencida de mi soberana autarquía; pero no, lo que verdaderamente me exasperaba era saber que nunca volvería a estar tan cerca de mi libertad como en esos días en que me sentía acorralado por el mundo Maga, y que la ansiedad por liberarme era una admisión de derrota.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario