La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos, enfurruñados en un café o en un banco de la plaza leyendo un libro. Se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina precisamente en el momento en que él, cinco minutos antes renunciaba a subir por otra calle, sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían los intinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles. Casi siempre se encontraban y se reían como locos, seguros de un poder que los enriquecía. "¿Y si no me hubieras encontrado?", le decía. "No sé, ya ves que estás aquí". Inexplicablemente la respuesta invalidaba a la pregunta. Así andaban, atrayéndose y rechazándose, como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra...

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