Porque pensar en un final alternativo para Rayuela es difícil.
La Maga siempre fue la Maga. Horacio siempre fue el mismo. La Maga quería aprender a llorar y no a vomitar, Horacio quería aprender a cambiar. Ninguno de los dos lo hizo, Horacio porque no quiso, la Maga porque no pudo. Sin embargo la Maga sí que cambió, quiso cambiar y lo hizo; se evaporó como dirían los mejores protagonistas de Stanley Kubrick. Y es que le debo mucho a Cortázar y me gustaría parecerme un poquito más a él, menos en su descuidada depilación del entrecejo.
Y porque yo también me acuerdo de nuestra Rayuela, en esa zona de música electrónica que embota mentes, en ese día que no era precisamente muy cálido, de lo que escribimos al rededor con tiza y de lo que lloramos juntos. Porque fue la segunda vez que te veía llorar de contento y de amor.
Yo no quiero un final enfermo, ni tampoco sano. Yo no quiero un final. Por eso Cortázar nunca lo escribió para Rayuela. Por eso yo no lo escribiría nunca contigo. Por eso Rayuela puedes volver a releer los capítulos que ya has leido. Y yo no quiero un final, quiero hacer las cosas que los dos protagonistas de Rayuela no supieron hacer juntos. Quiero vivir contigo sin temerte, sin llorarte, sin sentirme una pelusilla, escribirte cartas y enviartelas, olvidarme de los escaparates y seguir paseando contigo. Quiero poder abrazarme a ti y recibir el calor de algo, de un pequeño buen sentimiento, pero no el frío de la indiferencia. Quiero quedarme mirandote un rato y que tú te des cuenta. Quiero tenerte en cuenta y que tú quieras tenerme en cuenta.
No es difícil inventar un final alternativo para Rayuela, pero es imposible inventar un final para nuestra Rayuela.
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